La espera mereció la pena, primera maratón del año y pintaba genial. El día anterior había llovido a mares y no había previsión de más lluvia, así que lo único de lo que había que preocuparse eran las rachas de viento en la zona de la villa olímpica y Miramar. A la salida llegaba con ganas y buen acompañamiento, con respeto a la carrera que había planeado y con una motivación muy clara: sacarme la espina del año pasado. Llevaba meses preparando esta carrera, entrenando con cabeza, acumulando kilómetros y pensando muchas veces en este día. Sabía que estaba mejor. Más fuerte. Más preparado. Y también sabía que, si todo salía como tenía que salir, podía correr más rápido que el año pasado.
Y así fue.
El día salió perfecto. Amaneció con muy buen clima, de esos días en los que todo acompaña. Buena temperatura, buenas sensaciones desde el principio y ese ambiente que tiene Barcelona, que hace que correr aquí siempre tenga algo especial.
Los primeros kilómetros se me pasaron muy rápido. Iba cómodo, concentrado, sin dejarme llevar demasiado, pero con esa sensación buena de notar que el cuerpo estaba respondiendo a la nueva nutrición. Las piernas iban bien, el ritmo salía fácil y, sobre todo, iba tranquilo. Sin ansiedad ni agobios. Simplemente haciendo mi carrera y disfrutando de los cánticos y buscando los monumentos.
Creo que esa fue una de las claves del día.
No salir más rápido de la cuenta. No gastar antes de tiempo. Tener paciencia.
Y menos mal, porque la maratón siempre te pone en tu sitio.
En mi caso, el tramo más duro no fue tanto por las piernas, sino por la cabeza. La zona de Miramar y después el paso por la Vila Olímpica se me hicieron bastante mentales. No era un momento de ir mal, ni mucho menos, pero sí de esos en los que el cuerpo empieza a pedirte atención y la cabeza tiene que hacer su parte.
Es curioso cómo cambia un maratón en esos momentos.
Todo se vuelve más silencioso. Más largo. Más interno.
Ya no vas tan pendiente del ambiente ni del reloj. Vas pendiente de ti. De mantenerte. De no romperte. De seguir empujando sin entrar en pelea contigo mismo.
Y ahí fue donde sentí aquello que había trabajado, la segunda mitad, esa segunda media maratón.
No porque fuera el momento más rápido, sino porque fue el momento en el que mejor supe correr. Sin dramatizar. Sin venirme abajo. Simplemente aceptando que tocaba apretar mentalmente y seguir.
Sabía que si pasaba bien los primeros kilómetros de ese tramo, la carrera era mía.
Y cuando lo dejé atrás, lo sentí.
No sé explicarlo del todo, pero hay un momento en algunas maratones en el que notas que ya está. Que sigue doliendo, sí, pero que ya no se te va a escapar. Que solo tienes que seguir haciendo lo que llevas haciendo durante meses.
Y eso fue exactamente lo que pasó.
A partir de ahí, fue seguir, confiar y disfrutar. Siempre con una sonrisa.
Cada entrenamiento apareció en ese momento.
Cada tirada larga.
Cada día que salí a entrenar sin ganas.
Cada semana sumando.
Disfruté como un niño en su cumpleaños, estaba volando, haciendo marcas que me había currado mucho. Entrar en meta fue una mezcla de alivio, satisfacción y orgullo. De esa felicidad tranquila que no necesita demasiado ruido. Sabía lo que había detrás de esa carrera y sabía lo que significaba.
No era solo terminar otro maratón.
Era correr mejor.
Era competir mejor.
Era demostrarme que estaba listo.
Y era confirmar que todo el trabajo había valido la pena.
Barcelona me dejó una gran carrera. De las que se disfrutan, se sufren y se recuerdan con cariño. Aquí empiezo a coger altura a planear mirando el trabajo de años.
PB:3:36:00
La he disfrutado. La he soñado, amado y luchado. Mi primer maratón de Barcelona.
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