París 2026 fue una de esas carreras que empiezan mucho antes de la salida.
Empiezan varios días antes, cuando llegas a la ciudad y te das cuenta de que París ya no está en modo París, sino en modo maratón. Y eso es algo muy bonito, pero también un poco agobiante.
Bonito porque la ciudad se llena de corredores por todas partes. Ves zapatillas por cada esquina, mochilas técnicas en cada terraza, gente trotando suave por la mañana, hablando de ritmos, de geles y de sensaciones en cualquier cafetería. Durante unos días, todo gira en torno a la carrera y se respira ese ambiente propio de las grandes maratones.
Pero también agobia un poco.
Porque todo el mundo corre. Todo el mundo habla de correr. Todo el mundo parece estar haciendo exactamente lo mismo que tú. Las calles están llenas, el metro lleno, la feria llena, las tiendas llenas de gente comprando lo último, de colas, de ruido. París durante la semana del maratón es una ciudad preciosa, sí, pero también una especie de enorme escaparate del running que, por momentos, abruma un poco.
Una ciudad entera convertida en una gran tienda de ropa y marcas deportivas.
Y aun así, tiene algo especial.
Porque aunque por momentos sature, también te mete poco a poco en la carrera. Hace que cuando llega el domingo sientas que esto empezó hace días. Que no estás solo en una salida. Que toda la ciudad lleva ya un tiempo girando alrededor de esos 42 kilómetros.
Y luego, cuando por fin llega el momento de correr, todo ese ruido desaparece.
Y eso fue quizá lo mejor del día.
Desde el primer kilómetro sentí que iba a ser una buena carrera. Hay veces que se nota enseguida. Sales y todo encaja. El cuerpo responde, el ritmo sale natural y la cabeza, por una vez, va tranquila.
Después de todo el ruido de los días previos, correr fue casi la parte más sencilla.
Solo estaba corriendo. Y estaba disfrutando.
París ayudaba mucho también. Porque una vez te metes en carrera, la ciudad cambia. Todo ese agobio de los días previos desaparece y se queda solo la parte buena: el ambiente, las calles, la gente animando, la sensación de ir cruzando una ciudad enorme a golpe de zancada.
Y ahí sí, París se disfruta muchísimo.
Los kilómetros fueron cayendo con naturalidad. Me sentía bien, firme, cómodo. Iba concentrado, pero tranquilo. Corriendo con ritmo, con control y con esa sensación tan rara en una maratón de sentir que todo estaba en su sitio.
Sin pelearme con el ritmo.
Sin forzar de más.
Sin sufrir antes de tiempo.
Simplemente corriendo.
Y eso, en una maratón, vale muchísimo.
Porque luego la carrera, como siempre, te acaba pidiendo algo. París no es un maratón fácil. Tiene más desgaste del que parece, rompe el ritmo más de lo que uno espera y hay momentos en los que toca seguir corriendo con cabeza.
Pero incluso ahí me sentí bien.
Había cansancio, claro. Había esfuerzo. Pero no había sufrimiento.
Y esa fue la diferencia.
No fue una carrera de pelear. Fue una carrera de sostener. De seguir. De confiar en lo que estaba pasando y no estropearlo queriendo correr más de la cuenta.
Y cuando llegué a ese punto en el que en otras maratones empiezas a negociar contigo mismo, esta vez no hizo falta.
Seguía entero.
Seguía con ritmo.
Seguía disfrutando.
Y libre.
Y ahí supe que el día iba a terminar bien.
Así que hice lo único que quedaba por hacer: seguir corriendo y dejar que París me llevara hasta meta.
Y al cruzarla, llegó esa sensación que hace que todo encaje.
No solo por ver el 3:37:14 en el reloj. También por cómo había corrido. Por la calma. Por el control. Por la sensación de haber disfrutado un maratón grande de verdad.
Y eso fue París.
Bonita.
Un poco agobiante.
Rápida.
Intensa.
Pero al final, de esas que se recuerdan con una sonrisa. Je t'aime, PARIS.
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